Julián Kanarek: la inteligencia artificial ya influye en el voto
El consultor uruguayo Julián Kanarek analiza cómo las redes sociales, la aceleración digital y la inteligencia artificial están modificando las expectativas ciudadanas, debilitando la paciencia con los gobiernos y transformando el voto en una herramienta de castigo.

El consultor político uruguayo Julián Kanarek advierte que cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para preguntar a quién votar, en un contexto marcado por la velocidad de las redes sociales, la pérdida de tolerancia hacia los gobiernos y una creciente inestabilidad electoral. En su libro «Omitir intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática», publicado en 2025 por Debate, sostiene que el consumo digital acelerado está modificando la relación entre los ciudadanos, los partidos y las instituciones representativas.
La inteligencia artificial comenzó a ocupar un lugar inesperado dentro de las decisiones políticas cotidianas. Según el consultor uruguayo Julián Kanarek, muchas personas ya le preguntan a estas herramientas qué candidato deberían votar. La escena resume una transformación más amplia: la tecnología dejó de ser solamente un canal para informarse o difundir mensajes y pasó a intervenir en la formación de opiniones, la evaluación de gobiernos y la elección de alternativas electorales.
Según Fuente original, la información se basa en Julián Kanarek: «Mucha gente le está preguntando hoy en día a la inteligencia artificial a quién votar».
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Kanarek, fundador y director ejecutivo de la consultora Ciudadana, analiza este fenómeno en su libro Omitir intro. Pantallas, dopamina y aceleración democrática. La obra vincula la exposición constante a las pantallas con cambios en los niveles de atención, la ansiedad social y la tolerancia frente a los resultados políticos. Su planteo no presenta a la inteligencia artificial como una causa aislada, sino como una nueva capa dentro de un ecosistema digital que ya había alterado la manera en que las personas consumen noticias, entretenimiento y relaciones sociales.
Julián Kanarek: De la consulta política al consejo automatizado
La utilización de sistemas de inteligencia artificial para pedir orientación electoral plantea una modificación relevante en el vínculo con la política. Durante décadas, los votantes se informaron mediante medios de comunicación, reuniones partidarias, debates, conversaciones familiares, encuestas y el contacto directo con candidatos. Ahora, una parte de esa búsqueda puede trasladarse a una conversación privada con un sistema capaz de resumir propuestas, comparar trayectorias o responder preguntas en pocos segundos.
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Ese mecanismo puede resultar útil para ordenar información compleja, pero también presenta riesgos. Una herramienta automatizada puede reproducir errores, confundir datos, priorizar determinadas fuentes o entregar respuestas condicionadas por la forma en que el usuario formula la consulta. Además, una recomendación aparentemente neutral puede apoyarse en criterios que el ciudadano desconoce. La rapidez de la respuesta no garantiza que el análisis sea correcto, equilibrado o suficiente para tomar una decisión democrática.
La preocupación aumenta cuando la consulta no busca conocer posiciones concretas, sino delegar completamente el juicio político. Preguntar por las diferencias entre dos plataformas es distinto de pedirle a una aplicación que elija un candidato. En el segundo caso, la tecnología puede convertirse en un intermediario con una influencia difícil de auditar, especialmente cuando la persona no contrasta la información con documentos oficiales, fuentes periodísticas o antecedentes verificables.
La cultura de la dopamina y la política de la inmediatez
El concepto central del ensayo de Kanarek es la llamada cultura de la dopamina. El autor utiliza esa expresión para describir un entorno digital basado en estímulos constantes, desplazamiento interminable de contenidos, videos breves, notificaciones y recompensas inmediatas. En ese escenario, los usuarios se acostumbran a descartar rápidamente aquello que no captura su atención desde el comienzo.
La lógica del consumo audiovisual también repercute sobre la comunicación pública. Un discurso extenso, una explicación técnica o un plan de gobierno con resultados diferidos compiten contra publicaciones diseñadas para provocar una reacción instantánea. La indignación, la sorpresa y la confrontación suelen circular con mayor velocidad que los argumentos que requieren contexto.
Kanarek ubica un cambio decisivo entre la incorporación de la cámara frontal a los teléfonos inteligentes de Apple en 2007 y la compra de Instagram por Facebook en 2010. Desde su perspectiva, esos hitos consolidaron una etapa de hiperestimulación en la que la producción y el consumo de imágenes se integraron a la vida diaria. La ciudadanía comenzó a vincularse con la política dentro de un sistema de atención fragmentada y competencia permanente por unos pocos segundos de interés.
Gobiernos sometidos a una evaluación constante
Una de las consecuencias observadas por el consultor es la reducción de los tiempos de espera. La tradición política aceptaba que un gobierno recién asumido contara con una etapa inicial de alrededor de cien días para ordenar equipos, definir prioridades y comenzar a implementar sus promesas. Ese período, conocido como luna de miel, perdió parte de su vigencia frente a una sociedad que exige respuestas inmediatas.
La presión no proviene únicamente de la oposición partidaria. También se expresa a través de redes sociales, tendencias digitales y ciclos informativos que cambian varias veces durante una misma jornada. Una medida puede ser celebrada por la mañana, cuestionada por la tarde y desplazada por otro tema antes de que la administración tenga capacidad para explicar sus objetivos o sus efectos.
El resultado es una tensión permanente entre la coyuntura y las transformaciones estructurales. Los gobiernos necesitan responder a problemas urgentes para conservar respaldo, pero al mismo tiempo deben avanzar con reformas cuyos resultados pueden demorar meses o años. Si concentran toda su energía en la reacción diaria, pierden rumbo. Si ignoran el clima social inmediato, quedan expuestos a una erosión acelerada de su legitimidad.
El voto como castigo y la pérdida de la ventaja oficialista
El análisis de Kanarek también se enfoca en la alternancia electoral. El autor señala que las oposiciones ganaron 15 de las últimas 21 elecciones presidenciales de América Latina mencionadas en su investigación. El dato, tal como aparece presentado en el libro, sirve para ilustrar una tendencia regional: los oficialismos enfrentan mayores dificultades para conservar el poder, incluso cuando cuentan con recursos institucionales, visibilidad pública y experiencia de gestión.
La denominada ventaja incumbencial, que históricamente favorecía a quienes ya gobernaban, parece debilitada por un entorno comunicacional que premia la crítica. Los algoritmos de las plataformas suelen impulsar contenidos capaces de generar comentarios, reacciones y discusiones. En ese circuito, los errores de una administración tienen más posibilidades de transformarse en material viral que una política pública de aplicación gradual.
El voto puede adquirir así una función predominantemente reactiva. En lugar de expresar adhesión a un programa, puede convertirse en una sanción contra el gobierno saliente. La ciudadanía cambia de opción para castigar un resultado, una promesa incumplida o una percepción de desgaste, sin que necesariamente exista confianza plena en la alternativa elegida.
Kanarek vincula este comportamiento con los cambios registrados en países como Estados Unidos y Brasil. En el caso estadounidense, menciona el pasaje de Barack Obama a Donald Trump y luego a Joe Biden como una secuencia de desplazamientos entre perfiles políticos muy diferentes. En Brasil, observa el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva después de la presidencia de Jair Bolsonaro. La alternancia no siempre representaría una convicción estable, sino la búsqueda de una novedad capaz de romper el malestar acumulado.
La dificultad de sostener reformas en sociedades aceleradas
La presión por obtener resultados rápidos afecta especialmente a las políticas públicas que requieren planificación. Salud, educación, transporte, infraestructura, energía y protección social no pueden medirse adecuadamente únicamente por el impacto de una publicación o por la reacción de una jornada. Sin embargo, las administraciones deben comunicar avances dentro de un entorno que reclama soluciones visibles y cuantificables de inmediato.
El dilema aparece cuando los gobiernos deben elegir entre responder a los temas que dominan la conversación digital y mantener el programa por el que fueron elegidos. Atender cada reclamo puede ofrecer oxígeno político en el corto plazo, pero también dispersar recursos y modificar prioridades sin evaluación suficiente. Ignorar las demandas emergentes, en cambio, puede agravar la distancia con la sociedad.
Esta dinámica tiene efectos sobre la continuidad administrativa. Los funcionarios pueden preferir medidas de impacto rápido antes que proyectos menos visibles, aunque estos últimos sean más importantes para la economía o la calidad de los servicios públicos. La planificación de obras, la modernización logística, la regulación energética y las inversiones de largo plazo necesitan estabilidad, presupuestos sostenidos y reglas previsibles. Una política condicionada por el ciclo permanente de la indignación digital encuentra mayores obstáculos para sostener esos compromisos.
Manipulación, sobrecarga informativa y crisis permanentes
El libro también advierte sobre el uso deliberado de la saturación. La multiplicación de conflictos, mensajes contradictorios y controversias puede superar la capacidad de la ciudadanía para procesar los acontecimientos. Cuando todo parece urgente, se vuelve más difícil distinguir un problema estructural de una polémica pasajera.
En ese contexto, la manipulación no necesita apoyarse siempre en una falsedad evidente. También puede operar mediante la selección parcial de datos, la repetición de una acusación, la omisión de antecedentes o la presentación de una decisión fuera de contexto. La inteligencia artificial puede intensificar esa posibilidad al facilitar la producción de textos, imágenes, audios y videos adaptados a públicos específicos.
La respuesta exige fortalecer la alfabetización digital y la capacidad de verificación. No alcanza con conocer el funcionamiento básico de una plataforma. También es necesario comprender quién produce un contenido, con qué objetivo, qué información utiliza y qué elementos deja afuera. En el terreno electoral, esa tarea resulta especialmente sensible porque una pieza manipulada puede afectar la percepción de un candidato o instalar una sospecha antes de que existan pruebas suficientes.
El desafío institucional frente al poder de los algoritmos
Para Kanarek, la política del siglo XXI deberá discutir quién controla las herramientas digitales y bajo qué reglas. Esa discusión incluye a los gobiernos, las empresas tecnológicas, los medios de comunicación, los partidos y las organizaciones de la sociedad civil. También involucra a los ciudadanos, que necesitan conservar capacidad de decisión frente a sistemas diseñados para anticipar preferencias y orientar comportamientos.
La regulación de la inteligencia artificial aplicada a campañas electorales aparece como uno de los debates más relevantes. Entre los temas posibles se encuentran la identificación de contenidos sintéticos, la transparencia de la publicidad política, el uso de datos personales, la segmentación de mensajes y la responsabilidad de las plataformas ante campañas coordinadas de desinformación.
La discusión no implica rechazar la tecnología. Una inteligencia artificial puede ayudar a comparar propuestas, traducir documentos, resumir presupuestos o facilitar el acceso a información pública. El problema surge cuando la herramienta reemplaza la deliberación, oculta sus fuentes o presenta una recomendación como si fuera una verdad objetiva. La tecnología puede ampliar el acceso al conocimiento, pero no elimina la necesidad de criterio, pluralidad y control democrático.
Qué cambia para la comunicación pública y la gestión estatal
El planteo de Kanarek tiene consecuencias concretas para organismos públicos y gobiernos. La comunicación institucional ya no puede depender exclusivamente de anuncios aislados ni de respuestas improvisadas ante cada tendencia. Necesita explicar procesos, mostrar resultados verificables y sostener mensajes coherentes durante períodos prolongados.
También se vuelve necesario separar la urgencia comunicacional de la urgencia administrativa. Una crítica viral puede requerir una respuesta clara, pero no necesariamente debe modificar una política completa. Del mismo modo, un proyecto de infraestructura puede no generar atención inmediata y, aun así, resultar decisivo para la competitividad productiva, la movilidad o el comercio exterior.
En sectores como el portuario y logístico, esta diferencia es especialmente importante. La ampliación de una terminal, la mejora de un acceso vial, la renovación de equipamiento o la digitalización de trámites requieren decisiones técnicas y continuidad. La presión política de corto plazo puede acelerar anuncios, pero no reemplaza estudios, licitaciones, controles ambientales ni coordinación entre transportistas, operadores, exportadores e importadores. Para conocer otros debates vinculados con la modernización del comercio exterior, puede consultarse la cobertura de logística y cadena de suministro de AGENDA PORTUARIA.
La planificación también necesita protegerse de la volatilidad de los mensajes. Cuando cada cambio de opinión en redes sociales se interpreta como una instrucción inmediata, las instituciones pierden capacidad para ordenar prioridades. En cambio, una comunicación pública basada en datos, plazos y mecanismos de evaluación puede ofrecer referencias más firmes para empresas y ciudadanos.
Una ciudadanía que necesita recuperar tiempo para decidir
El autor propone recuperar espacios de encuentro y acción colectiva frente a la hiperindividualización de las pantallas. Para ilustrar esa idea, recurre al comportamiento de los pingüinos emperador, cuya supervivencia en condiciones extremas depende de la organización, la paciencia y la cooperación.
La comparación apunta a una necesidad política concreta: volver a construir decisiones compartidas en sociedades acostumbradas a la respuesta instantánea. La democracia no se sostiene solamente con elecciones, encuestas o mensajes breves. También requiere instituciones capaces de escuchar, ciudadanos dispuestos a contrastar información y gobiernos que puedan explicar por qué determinadas medidas necesitan tiempo.
En diálogo con El Economista, fuente original de esta entrevista, Kanarek plantea que lo digital ya forma parte del centro de la disputa política. Su advertencia no se limita a la campaña electoral: alcanza la gestión, la representación y la capacidad de las sociedades para sostener proyectos que excedan el ciclo de la reacción inmediata.
La inteligencia artificial podrá influir cada vez más en la forma de informarse y elegir, pero su presencia no elimina la responsabilidad individual ni la obligación institucional de ofrecer información confiable. En un escenario de aceleración permanente, el desafío será utilizar las herramientas digitales sin permitir que decidan por completo qué pensar, qué temer o cuándo cambiar de rumbo.
Preguntas frecuentes
¿Qué sostiene Julián Kanarek sobre la inteligencia artificial y el voto?
Sostiene que muchas personas ya utilizan sistemas de inteligencia artificial para preguntar a quién votar, lo que muestra que estas herramientas empiezan a intervenir en la formación de opiniones y decisiones electorales.
¿Qué significa la cultura de la dopamina en el análisis político?
Es una forma de describir el consumo digital basado en estímulos rápidos, desplazamiento constante y recompensas inmediatas. Kanarek relaciona esa dinámica con una menor tolerancia hacia los gobiernos y una mayor ansiedad por obtener resultados.
¿Por qué los gobiernos tienen menos tiempo para mostrar resultados?
La circulación permanente de contenidos y críticas en redes sociales acelera las expectativas ciudadanas. Las administraciones deben responder a la coyuntura mientras intentan implementar reformas estructurales que requieren plazos más extensos.
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