La grieta argentina expulsa a los moderados hacia el bando enemigo
Un estudio publicado en 2026 explica por qué las posiciones intermedias pueden ser rechazadas por los dos extremos cuando la política se transforma en una disputa moral y el adversario es percibido como una amenaza.

En una sociedad atravesada por la polarización, defender una posición intermedia no siempre permite construir puentes. Un estudio de psicología política publicado en 2026 sostiene que, bajo determinadas condiciones, los sectores más identificados con cada extremo pueden interpretar al moderado como integrante del bando contrario. El fenómeno ayuda a entender por qué en la Argentina una persona puede cuestionar el déficit fiscal y, al mismo tiempo, advertir sobre el costo social de un ajuste; defender algunas funciones del Estado y rechazar el gasto improductivo; o reconocer argumentos parciales en espacios políticos enfrentados, sin ser aceptada por ninguno.
La escena resulta habitual en las discusiones políticas argentinas. Una persona propone alcanzar el equilibrio fiscal, pero aclara que el proceso no debería destruir capacidades productivas ni profundizar la vulnerabilidad social. Desde un sector puede recibir la acusación de justificar el déficit o de representar al kirchnerismo. Desde el otro, puede ser señalada como defensora del ajuste y de una agenda libertaria. La posición original no cambió: lo que cambia es la forma en que cada observador interpreta aquello que considera más cercano a su adversario.
Según Fuente original, la información se basa en «Ah, entonces sos (kirchnerista-libertario)»: por qué la grieta DESTRUYE a los moderados.
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Ese mecanismo fue estudiado por Giulia Maimone, de la Universidad de Florida, y Craig R. M. McKenzie, de la Universidad de California en San Diego. El trabajo fue publicado en el Journal of Experimental Psychology: General y analiza un fenómeno que los autores describen como el efecto del moderado como exogrupo. En términos simples, una persona ubicada en el centro de una disputa puede quedar fuera de los dos grupos porque cada extremo la percibe demasiado próxima al rival.
La investigación no demuestra que todos los moderados sean rechazados en cualquier contexto ni que el resultado pueda trasladarse automáticamente a la política argentina. Los experimentos se realizaron principalmente con participantes de Estados Unidos. Sin embargo, ofrecen una herramienta útil para interpretar discusiones locales en las que el adversario deja de ser visto como un competidor con otra propuesta y pasa a ser considerado una amenaza para la democracia, la libertad, la economía o la identidad del país.
grieta argentina expulsa moderados: Cuando una posición intermedia deja de parecer neutral
La intuición tradicional indica que una persona moderada debería resultar más aceptable para una audiencia amplia. Si no adhiere completamente a ninguno de los dos extremos, parecería tener mejores condiciones para dialogar con ambos. El estudio muestra que esa expectativa puede fallar cuando las identidades políticas están muy consolidadas y los desacuerdos son interpretados como enfrentamientos entre grupos moralmente opuestos.
Para un dirigente o un ciudadano ubicado en uno de los polos, una propuesta intermedia no necesariamente aparece en el centro de la línea ideológica. Puede ser percibida como una concesión excesiva hacia el otro lado. El extremo derecho puede considerar que una postura moderada está demasiado cerca de la izquierda, mientras que el extremo izquierdo puede leer exactamente la misma formulación como una señal de cercanía con la derecha.
La consecuencia es paradójica: una opinión que pretende combinar argumentos de dos espacios termina asociada al enemigo por ambos. El moderado no obtiene automáticamente la aprobación de los dos grupos. En determinadas circunstancias, pierde la confianza de ambos porque cada uno observa la parte de su discurso que reconoce algún elemento del rival.
El caso de las políticas sobre el aborto
Los primeros experimentos analizados por los investigadores se concentraron en el debate sobre el aborto en Estados Unidos. Los participantes debían evaluar distintas políticas, desde una prohibición total hasta autorizaciones en diferentes etapas del embarazo. Las personas que no se identificaban de manera rígida con ninguno de los dos campos tendían a considerar moderadas las posiciones que permitían el aborto durante las primeras semanas.
La clasificación cambiaba según quién evaluaba la propuesta. Los participantes identificados con el movimiento provida podían ubicar esas políticas intermedias del lado favorable al aborto. Quienes se definían como proelección podían interpretarlas como demasiado próximas al movimiento provida. El mismo criterio era empujado hacia lados opuestos por observadores ubicados en polos diferentes.
El efecto no se limitó a la evaluación abstracta de una política. También apareció cuando los participantes debían juzgar a una persona hipotética que defendía esa posición. De ese modo, el desacuerdo sobre una medida concreta se trasladaba a la identidad de quien la expresaba. Una persona que intentaba combinar criterios podía ser etiquetada como integrante del espacio rival, aun cuando no sostuviera sus posiciones más extremas.
La moralización convierte el desacuerdo en una prueba de lealtad
El fenómeno se vuelve más intenso cuando la discusión política deja de referirse a instrumentos y pasa a definirse en términos morales. No es lo mismo debatir si una alícuota impositiva debería ser del 25% o del 30%, discutir qué nivel de gasto público puede financiarse de manera sostenible o comparar los efectos de distintas políticas productivas. En esos casos, las posiciones pueden ser evaluadas como estrategias diferentes.
La dinámica cambia cuando quien propone una reducción impositiva es presentado como una persona cruel que pretende abandonar a los sectores vulnerables, o cuando quien defiende la presencia estatal es descrito como un ladrón que busca apropiarse del trabajo ajeno. La discusión ya no se concentra en los resultados de cada alternativa. El rival se transforma en una amenaza moral y cualquier acercamiento puede ser considerado complicidad.
La moralización, de acuerdo con el estudio, no explica por sí sola todo el efecto. La reacción se fortalece cuando las personas creen que el avance del otro espacio puede perjudicarlas directamente, afectar a sus familiares o generar un daño grave para el conjunto de la sociedad. En ese contexto, la política deja de funcionar como una competencia entre programas y empieza a operar como una defensa frente a un peligro que se percibe como existencial.
Esta percepción puede observarse en debates argentinos sobre inflación, déficit, derechos sociales, seguridad, instituciones, comercio exterior o regulación económica. Una diferencia sobre la velocidad de una reforma puede convertirse en una acusación de querer destruir el aparato productivo. Una advertencia sobre el impacto social de un ajuste puede ser interpretada como una defensa encubierta de la emisión monetaria. En ambos casos, el contenido técnico queda subordinado a la identificación del supuesto enemigo.
El problema no siempre es coincidir poco, sino rechazar poco al rival
Uno de los aportes más relevantes del trabajo consiste en distinguir dos explicaciones posibles. La primera sostiene que los partidarios castigan al moderado porque no demuestra suficiente adhesión al propio grupo. La segunda plantea que el rechazo se origina, sobre todo, en la falta de hostilidad hacia el adversario.
Los resultados examinados por los autores se acercan más a la segunda interpretación. Una persona puede ser considerada aceptable cuando expresa dudas sobre una figura de su propio espacio, pero quedar clasificada como integrante del bando rival si muestra una mirada parcialmente favorable hacia el dirigente contrario. No se evalúa únicamente cuánto coincide con el grupo propio. También se observa cuánto condena al enemigo.
En uno de los experimentos, participantes liberales evaluaron a personas con opiniones mixtas sobre Donald Trump y Kamala Harris. Una postura intermedia respecto de Harris tendía a ser interpretada como moderación. En cambio, una postura igualmente intermedia respecto de Trump podía ser clasificada como conservadora. La diferencia no estaba en la intensidad objetiva de la opinión, sino en el campo político al que pertenecía la figura evaluada.
El traslado a la Argentina debe hacerse con prudencia, porque el estudio no midió específicamente la grieta local. Aun así, el mecanismo permite comprender por qué alguien que cuestiona tanto el kirchnerismo como el libertarismo puede ser acusado de pertenecer al espacio que critica menos en una frase determinada. El juicio se construye a partir de la tolerancia hacia el adversario, no de una lectura completa y equilibrada de la posición.
Reconocer argumentos de ambos lados puede tener un costo político
Los investigadores también analizaron cómo influye la manera de comunicar una postura intermedia. Una persona que afirma que ambos bandos tienen argumentos atendibles puede generar una reacción negativa en los dos grupos, porque cada uno escucha que el rival está siendo legitimado. En cambio, una formulación que rechaza las conductas o propuestas de ambos lados reduce la posibilidad de que el moderado sea identificado con uno de ellos.
La diferencia no implica que toda crítica deba distribuirse artificialmente en partes iguales ni que todos los hechos sean equivalentes. Tampoco significa que la moderación consista en evitar posiciones firmes. La enseñanza es más específica: la forma de expresar una opinión puede modificar la identidad política que otros le atribuyen.
No produce el mismo efecto decir “coincido parcialmente con libertarios y kirchneristas” que afirmar que no se acepta ni el déficit y la inflación asociados a una determinada gestión ni la idea de que cualquier costo social resulta irrelevante frente a la necesidad de ajustar. La primera frase resalta la coincidencia con los dos campos. La segunda establece límites explícitos frente a ambos.
Para periodistas, dirigentes, empresarios, representantes sindicales y especialistas sectoriales, esta diferencia comunicacional puede ser determinante. En debates sobre inversiones, empleo, infraestructura, tarifas, exportaciones o regulación, un argumento técnico puede ser leído como una declaración de pertenencia. La reacción del público dependerá menos de la propuesta completa que de la señal que cada grupo crea identificar respecto de sus aliados y adversarios.
La presión de la grieta puede endurecer a dirigentes y organizaciones
El efecto del moderado como exogrupo tiene consecuencias que exceden las redes sociales o las discusiones familiares. Un dirigente que intenta construir una posición intermedia puede descubrir que no suma automáticamente a los dos extremos. En cambio, puede despertar sospechas simultáneas: para un sector, sus concesiones revelan una traición; para el otro, sus críticas demuestran que sigue perteneciendo al adversario.
Ese escenario genera incentivos para endurecer el discurso. Si cada reconocimiento de un argumento rival se utiliza como prueba de infiltración ideológica, los actores políticos tienen motivos para ocultar matices, enfatizar diferencias y marcar distancia de cualquier propuesta asociada con el otro campo. La moderación, en lugar de reducir el conflicto, puede transformarse en una actividad de alto costo reputacional.
La consecuencia institucional es significativa. Los acuerdos requieren reconocer que el adversario puede tener alguna preocupación legítima o que una política propia puede producir efectos no deseados. Si esa admisión se interpreta como debilidad moral, las negociaciones se vuelven más difíciles. El dirigente debe demostrar primero que no es un agente del rival y recién después puede intentar discutir una solución compartida.
El problema también puede afectar la representación de intereses sectoriales. Una cámara empresaria que reclama previsibilidad normativa y, al mismo tiempo, advierte sobre el impacto social de una reforma puede ser ubicada en un campo político según el aspecto de su mensaje que se destaque. Una organización sindical que acepta la necesidad de mejorar la productividad, pero objeta una reducción abrupta de derechos laborales, puede recibir una etiqueta ideológica que no refleja el conjunto de su posición.
Qué implica para la industria pesquera y las decisiones de comercio exterior
En sectores como la industria pesquera, los puertos y el comercio exterior, la polarización puede dificultar la discusión de políticas que requieren continuidad y coordinación. La actividad combina empleo, capturas, procesamiento, controles ambientales, infraestructura portuaria, costos logísticos, acceso a mercados y generación de divisas. Una propuesta que intente equilibrar esos objetivos puede ser juzgada desde un único eje político, aunque sus consecuencias operativas sean más complejas.
Por ejemplo, defender controles sobre los recursos pesqueros no implica necesariamente promover una paralización de la flota. Del mismo modo, reclamar condiciones competitivas para exportar no significa desconocer la necesidad de preservar los ecosistemas marinos. La planificación sectorial exige analizar simultáneamente la sustentabilidad de las capturas, la actividad de los puertos pesqueros, la capacidad industrial, la trazabilidad y la estabilidad del empleo.
En ese marco, la simplificación ideológica puede perjudicar decisiones de largo plazo. Si toda regulación ambiental es presentada como una amenaza para la producción, o si cualquier pedido de competitividad es interpretado como una concesión empresaria, se reduce el espacio para acordar reglas previsibles. Esa incertidumbre afecta la programación de mareas, el abastecimiento de plantas, el mantenimiento de buques, la contratación de servicios portuarios y la planificación de exportaciones.
El mismo riesgo aparece en la logística y en otros eslabones de la cadena de suministro. Las inversiones en accesos, dragado, almacenamiento, transporte terrestre, energía o digitalización requieren decisiones que suelen atravesar gobiernos y ciclos electorales. Una posición moderada puede intentar combinar eficiencia económica con protección del empleo y desarrollo regional, pero quedar atrapada en una disputa donde cada parte selecciona únicamente el fragmento que confirma sus prejuicios.
Para los exportadores e importadores, la falta de consensos puede traducirse en mayor dificultad para anticipar cambios regulatorios, costos y condiciones operativas. En el caso de la pesca, además, las decisiones no se agotan en una temporada: involucran planificación de flota, controles, procesamiento, mercados internacionales y relaciones con comunidades costeras. La discusión pública necesita distinguir entre desacuerdos legítimos sobre instrumentos y acusaciones que convierten al interlocutor en una amenaza.
La investigación original puede consultarse en la nota de El Economista sobre el efecto del moderado como exogrupo. Para profundizar en los desafíos que enfrentan las cadenas productivas, también resulta útil revisar la cobertura sobre logística y transporte y los informes vinculados con comercio exterior y exportaciones.
El centro político necesita límites claros para no ser absorbido por la grieta
El estudio no presenta una fórmula para eliminar la polarización ni garantiza que una mejor comunicación vuelva aceptable cualquier postura. Su aporte consiste en mostrar que la moderación no se interpreta en el vacío. La identidad de quien escucha, el nivel de amenaza percibida y la carga moral del debate pueden modificar por completo el significado atribuido a una misma propuesta.
En la Argentina, donde las discusiones sobre economía, instituciones y derechos suelen mezclarse con identidades políticas muy fuertes, reconocer esta dinámica permite entender por qué los acuerdos son frágiles. Una posición intermedia puede ser técnicamente consistente y, sin embargo, resultar políticamente sospechosa. Quienes intenten ocupar ese espacio deberán explicar no solo con qué propuestas coinciden, sino también cuáles son los límites que establecen frente a todos los extremos.
La moderación no debería confundirse con indiferencia, equidistancia automática o ausencia de principios. Puede incluir críticas firmes, prioridades definidas y rechazo explícito de determinadas conductas. El desafío consiste en sostener esos criterios sin convertir cada diferencia en una prueba de enemistad. En sectores estratégicos como los puertos, la pesca, el transporte y las exportaciones, preservar ese espacio de discusión puede ser decisivo para sostener políticas previsibles y decisiones que trasciendan la disputa política inmediata.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el efecto del moderado como exogrupo?
Es un fenómeno por el cual una persona con una posición intermedia puede ser percibida como integrante del bando contrario por los dos extremos. Cada grupo interpreta que el moderado está demasiado cerca de su adversario.
¿Por qué la polarización perjudica a las posiciones intermedias?
Cuando el desacuerdo se convierte en una disputa moral y el rival es visto como una amenaza, reconocer algún argumento del otro lado puede ser interpretado como una falta de lealtad. El moderado deja de ser un puente y pasa a ser sospechoso.
¿El estudio demuestra que el fenómeno ocurre de la misma manera en la Argentina?
No. La investigación fue realizada principalmente con participantes de Estados Unidos. Sus resultados ofrecen un marco interpretativo aplicable con prudencia a la grieta argentina, pero no miden directamente la intensidad del efecto en el país.
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El problema es que la moderación hoy se interpreta como falta de convicciones, cuando muchas veces implica entender que gobernar exige negociar y corregir. En Argentina, con redes y medios empujando a elegir bando todo el tiempo, parece más rentable la indignación que una propuesta razonable. ¿Cómo se recupera un centro que no sea simplemente tibieza?
El centro se recupera cuando deja de presentarse como una suma de matices y expresa convicciones claras: estabilidad, reglas previsibles, transparencia y capacidad de gestión. Negociar no significa ceder en todo, sino definir límites y explicar cada acuerdo. También ayuda premiar resultados concretos, porque mientras la moderación no tenga identidad ni logros visibles, seguirá quedando atrapada como exogrupo de ambos bandos. También puede complementarse con otro contenido del cluster editorial.